Despues de unos cuantos kilómetros y pocas horas al coche, casi con una semana de recorrido a las espaldas, llegamos al destino final. Hay una autopista que cruza la gran región del Alentejo en un rato y por la tarde ya estábamos en el final de nuestro viaje: Sagres, en el Algarve. Ésta región es muy turística, estuvimos consultando a qué ciudades o pueblos podíamos acudir, pero cuando en la Red hablan de esta zona como “la Costa del Sol portuguesa”, optamos por el lugar más alejado posible del turismo masivo. Por eso nos fuimos “al final de todo” (aunque aquí también hay mucha gente), a la zona del Cabo de San Vicente.
Llegamos aun por la tarde, pero con el cielo nublado y algo de llovizna. Un sitio distinto a todos los que visitamos, no sabría explicar realmente el porqué. En la foto, un mochilero en la Punta de Sagres mira hacia el Cabo de San Vicente. Si en otros lugares te quedas embobado mirando al horizonte, aquí, en la punta de la península, al sudoeste de todo, no puede dejar de observar y pensar qué hay más allá, como un explorador del siglo XV. Los romanos llamaban al lugar Promontorium Sacrum, “promontorio sagrado”. De ahí el nombre de Sagres (que me diréis que también da nombre a la riquísima cerveza, claro…)
Antenas y cuernos en un pesquero. A finales de agosto la avalancha de visitantes parece haber desaparecido de la zona, incluidos los surferos.
Míralos… Locura en los supervivientes de la travesía portuguesa. Demasiadas horas en el coche, en las playas y en las tiendas de campaña.
Después de aparcar nuestros culos en algunas playas (destaca la de Beliche, una de las mejores que he visitado), y mientras estos cabrones prueban otras, me meto en el Fuerte de Sagres atraído por la historia (y la leyenda) de este lugar. Más que fuerte, es una gran porción de tierra que se adentra en el Océano, con una muralla que la separa de su estrecha conexión con la península.
Dentro hay poco que haya sobrevivido al paso del tiempo. El extremo de la península es mencionado desde antiguo por viajeros, llegando a tener esta zona connotaciones más propias de leyendas, como que era el fin del mundo conocido, el lugar donde nacían las tormentas, donde se rendía culto a los dioses del mar, etc. Algo de eso debe quedar en el subconsciente de todos nosotros, porque siempre es especial la visita a cada uno de estos cabos y faros. No han faltado esos momentos en este viaje.
Una vista de la Playa del Tonel (no me gustó nada) desde el interior del fuerte. Enrique el Navegante convirtió este lugar en zona de refugio para barcos y en una escuela de navegantes, en la que se dice que pasaron Vasco de Gama y el propio Cristobal Colón. No es mal sitio para mirar al horizonte.
Una enorme rosa de los vientos en el suelo y un reloj de sol en primer plano. Los exploradores de antes sí tenían las bolas que colgando parecían bolsas: echarse a la mar con rumbo fijo pero destino incierto sobre la plenitud desconocida del océano… ¡qué bemoles!
La entrada cuesta dos euros o así, y merece la pena recorrer todo el perímetro. Varios pescadores se reparten por los acantilados y si andas atento y sin hacer mucho ruido, ¡puedes escuchar delfines! Golfinhos te dicen ellos mirando al mar, acostumbrados a ese sonido, mientras te dejas los ojos buscándolos entre los reflejos del sol en el agua. Al fin asoman algunas aletas cercanas a los acantilados.
El pirata Drake hizo de las suyas aquí, y frente a sus murallas tuvo lugar la Batalla del Cabo de San Vicente en 1797, donde los británicos nos darían “pal pelo“. Luego llegaría Trafalgar (ya visitado este mismo año).
Última noche antes de marchar de vuelta a España. Cada atardecer decenas de personas (imagino que en pleno julio y agosto alcanzará los centenares) se asoman a los acantilados (6 minutos en coche desde Sagres) para contemplar la puesta del sol que es espectacular. Donde se aprecia la curvatura del horizonte. En la foto, el faro situado en una vieja fortificación.
Público expectante: Armando, Valle, Parra, Platín y Santi, que una vez más, estaría tirando fotos donde sea… Después, acudimos a Vila do Obispo para una nueva maravillosa cena con grandes platos de la zona. One more time.
Ha merecido la pena aguantar y llegar al final.
El domingo, antes de irnos, nos escapamos Armando y yo a visitar un nuevo edificio cercano, la Fortaleza de Beliche, que se desmorona sobre el acantilado. Como decía antes, en su día los piratas repartían candela y era necesario asegurar la costa cada pocos kilómetros con estas construcciones.
Gominolo me insta a bajar siguiendo el camino, una última caminata antes del regreso a casa, que todavía quedan fuerzas y ganas.
Con estas estacas oxidadas sin la cuerda que hacía de pasamanos despedimos este viaje a Portugal, que ha sido lo mejor del verano junto con la semana zaragozana. Algunas personas no viajan, no rompen la rutina ni conocen nada nuevo con la excusa de que no hay dinero para ir a Roma, París o Londres. Y resulta que a la vuelta de unos pocos kilómetros hay rincones desconocidos para nosotros. No digo que esas personas actúan mal, ni mucho menos, pero a mi modo de ver es mejor consumir la vida poco a poco de forma contínua, que no conocer tu tierra o tu país y viajar cada 3 años a una capital europea derrochando pasta.
Gracias a mis compañeros de viaje por aguantarme todos esos días. Los he conocido a todos un poco más, y eso, a pesar de las discusiones, es enriquecedor para mí.
Hasta el próximo verano.








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7 Noviembre 2008 a las 16:52 |
Joder Coka, tio. Que no das una. En la foto, por orden de Izquierda a Derecha, somos Armando, Valle, PARRA y Platín.
No está Santi y te has olvidado de mí! Que todavía tengo mi corazoncito, copon…
Por cierto, que lo cuentas con mucho empaque. Me ha gustado la reflexión. Como muchas otras veces, estoy de acuerdo, chato.
Haremos otro viaje este verano??
10 Noviembre 2008 a las 16:42 |
Chapó por la reflexión.
Y que decir de Sagres, espero el verano que viene tener 5 días y algo de pasta para viajar a esa zona de Portugal.
10 Noviembre 2008 a las 21:12 |
Paparra: ya está arreglado. Gracias por el comentario. ¿”Empaque” es bonito?
David: son tres días más y algunos euros te podías haber sumado, que conste.
15 Noviembre 2008 a las 01:36 |
En el fondo me quedé con ganas de llegar allí, para otra ocasión, la falta de perras , el cansancio y tanto camping pudo conmigo.
17 Noviembre 2008 a las 21:08 |
Una pena, ya lo verás en otra ocasión. Para mí, lo mejor del viaje.