El mismo fin de semana del Mercado Medieval de Cáceres, en la bella localidad portuguesa de Marvao, cerquita de Valencia de Alcántara, se celebraba el fin de semana de la castaña, o algo así, y como merecía la pena visitarlo según recomendación de los cacereños, y estábamos hasta las bolas de comer en el Mercado Medieval, Paparra y yo mismo emprendimos un nuevo viaje al oeste. Pero con dos invitados de excepción desde el campo charro: Davilín y Yago.

Parra y el gallego Yago a punto de adentrarse en la vieja ciudad amurallada.

Siempre es un buen momento para una batalla dialéctica. David (no confundir con David de Salamanca), departe alegremente con un natural de la villa portuguesa.

“Desde hace siglos, Marvão lleva como sobrenombre ‘El nido de las águilas’. No es de extrañar: la villa fue levantada a más de ochocientos metros de altura sobre una de las cumbres de la sierra de São Mamede, a seis kilómetros escasos de la frontera con España. Una inexpugnable montaña de granito la separa de los valles y las dehesas. Para llegar a ella es necesario trepar por fatigosas curvas que nacen a sus pies. Una vez arriba, el sacrificio habrá valido la pena. La villa de Marvão es medieval, blanca como la nieve, empedrada e irregular, tortuosa y empinada, protegida por una gruesa línea de murallas oscuras en cuyas esquinas se abren baluartes, matacanes y garitas. Las casas intramuros están decoradas por balcones de hierro forjado, chimeneas alentejanas y pintorescas ventanas manuelinas, bien pertrechadas para los días del frío del invierno. Marvão la fundaron los árabes. Hay quien opina que la mandó crear un caudillo sarraceno de nombre Marvan, allá por el año 770. En árabe, Marvan significa suave, ameno y agradable. La Historia no pudo hallar mejor eufemismo para nombrar tan hermoso pueblo. Sea como fuere, en 1160, don Afonso Henriques conquistó la villa para los escudos cristianos. Más de un siglo después, en 1299, don Dinis mandó erigir su altivo castillo.”

“El castillo de Marvão fue uno de los más importantes emplazamientos defensivos al Sur del Tajo. Declarado monumento nacional, sus fuertes defensas se confunden con la roca granítica del monte. Sus patrocinadores trataron de erigir un castillo inexpugnable. Por los lados Norte, Sur y Oeste es imposible el acceso. Las murallas se yerguen sobre paredes verticales que imposibilitan el ascenso. Sólo por el lado Este que mira a España era posible un ataque. Por eso los ingenieros de la época proyectaron hasta tres recintos que frenaran el hostigamiento enemigo. La torre del homenaje es una atalaya cúbica de considerable altura que sufrió serios daños en el terremoto de Lisboa, allá en 1755. Desde su azotea se advierte una de las vistas más hermosas del país. Al Este, España; al Sur y al Oeste, la sierra de São Mamede, y al Norte, Castelo Branco y las estribaciones de la Serra da Estrela.”

“Durante demasiado tiempo, Marvão debió lidiar con el incómodo papel de ser lugar de frontera. Su plaza fuerte defendió los límites más septentrionales del Alentejo. Hubo épocas en que fue palco de lucha contra las tropas de Castilla; hay crónicas que aseguran que durante largos años la población se mantuvo en vigilia y permanente desasosiego a fin de repudiar los ataques castellanos. En reconocimiento de su fidelidad, los Reyes portugueses adornaron su escudo de armas con el lema ‘Muy noble y siempre leal villa de Marvão’. A la entrada del pueblo, fuera de las murallas, se alza el convento gótico de Nossa Senhora da Estrela. Una calleja sinuosa trepa hasta la Praça do Pelourinho, presidida por una picota dieciochesca, una labrada columna desde la que en otro tiempo se leían edictos y se ajusticiaba a reos y malhechores. Sobre la plaza se levantan los antiguos Paços do Concelho, la Priçao y la Torre do Relógio, que aún hoy marca el ritmo cotidiano de la villa. La calle del Espírito Santo sube en dirección al castillo, dejando a un lado la iglesia de Santa María. El templo empezó a edificarse a últimos del siglo XIII y mantuvo obras hasta bien entrado el XVII. Su interior desacralizado acoge hoy el Museo Municipal, rico en piedras megalíticas, útiles prehistóricos, enseres romanos y piezas cartográficas de la villa y la comarca. El largo de Santa María conduce hasta hermosos jardines que corren por todo el perímetro de las murallas hasta la iglesia de Santiago, un templo del siglo XV con una luminosa fachada y puerta de estilo gótico. Pero lo más sobrecogedor aguarda arriba, en la cúspide del espolón rocoso.”

Desde el castillo, David, imbuido en el papel de soldado portugués, otea el horizonte agarrado a la bandera portuguesa como un adicto a la heroína agarra su jeringuilla.

“En uno de los recintos de la fortaleza hay una cisterna cuyo fondo está iluminado por la luz natural, gracias a tres claraboyas abiertas en la bóveda. La cisterna tiene unas dimensiones colosales. Los alcaides de la fortaleza mandaron construirla para garantizar el suministro de agua durante seis largos meses. Un paseo por el camino de ronda permite contemplar la vasta magnitud del castillo. A cada paso se abren garitas abovedadas y baluartes sostenidos como por un milagro sobre los terribles precipicios. A los pies de Marvão, los caminos se multiplican rumbo a los parajes más idílicos de São Mamede. Camino a Castelo de Vide hay una hilera de árboles centenarios, ordenados en línea recta, que se extienden a lo largo de doscientos y pico metros. A la salida de su sombra la sierra regala dehesas y lomas verdeadas por encinas y alcornoques. Al contrario de lo que pudiera pensarse, São Mamede es un paraje poblado por el hombre desde tiempo inmemorial. A cada paso se repiten las indicaciones de los conjuntos megalíticos que hicieron de este rincón de la geografía portuguesa uno de los lugares más pretéritos para su historia.”

A punto de recoger, atardece en el puente medieval.

Atardece en tierras de frontera.

De vuelta a Cáceres, llegamos a tiempo de contemplar un simpático come-fuegos con pinta de sueco o algo así, la mar de simpático. Además se metió el fuego en los testículos, que siempre es curioso de ver.

¡Ale-hop!

Joder, os aseguro que se lo metió en la boca el fulano.

En fin, que había puestos de dulces árabes, y finalizamos el fin de semana con un “botellón de dulces”, exquisitos. En la imagen, un atribulado David parece rogar con la mirada un pedazo de dulce de un arabesco y glotón Parra. De nuevo, un fin de semana la mar de completo. Ya echaremos de menos estos viajes y pitanzas…
Antiguos comentarios:






Diciembre 12th, 2006 at 21:20 La expresión “pintorescas ventanas manuelinas”,…, estooo,…, tiene algo que ver contigo? Los lerdos en materia arquitectónica no tenemos idea.
Pero hablando de otras cosas, esos dulces me tienen el corazón robado, santa madonna vaya ambrosía, y si no, que lo digan los Mendez, Davidson, Maritra o cualquier adorador de la glucosa+fructosa (teneis 5 min para averiguar de qué compuesto estoy hablando)
Diciembre 13th, 2006 at 10:18 Diossss: Ctrl+Alt+Parra
Diciembre 13th, 2006 at 20:21 EEEEEEEEEEEEEKKKKKKKK!!!!!!!La respuesta correcta es:glucosa+fructosa = sacarosa, quicir, azúcar de toda la vida.
Diciembre 13th, 2006 at 20:34 no sirvo, tío, para esos acertijos. Soy un lerdo…
Diciembre 17th, 2006 at 14:38 Se me hace la boca agua, arrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
Diciembre 19th, 2006 at 13:59 Mmm esos dulces árabes son mu ponibles pa todos los paladares, ciertamente.
Febrero 22nd, 2007 at 20:41 […] Los chicos subiendo al castillo de Marvao, ya visitado por vuestro héroe anteriormente. […]
Mayo 23rd, 2007 at 11:10 Qué recuerdines me trae Marvao. De no ser por un acoplao que venía con nosotros que hizo hasta por gomitar para volver a Mérida cuanto antes, nos hubiésemos quedado allí a pasar la noche. No vuelve a acoplárseme nadie desde entonces. Yo aviso a quien se apunte a un viajecillo: o se viene y está con la boquita cerrada todo el tiempo y hace lo que mandamos los demás, o se queda con su mami.
Mayo 23rd, 2007 at 12:40 Jolín, es que ir con alguien así. hombre, no hace falta que esté calladito pero sí debe tener interés en hacer la visita.. ¿si no, para qué se apunta este tipo de gente?